El Terminal
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El Terminal intentaba verse en un trozo de pan ensopado.

Hacía un frío terrible y como era la primera vez que lo sacaba del pisito subterráneo lo arropó para la ocasión. Al final le calzó un gorro con una borla de juego pendular que le estorbó a cada paso y le ocasionó un sistemático cierre de ojos. Leni lo tenía engarzado de los dedos. Juntos hicieron con los pasos un corredor a través del invierno húmedo de Marbella que finalizaba en el templo.

Minutos antes de la ceremonia, los adoptantes de la comunidad religiosa se juntaron en el portal, sonreían gozosos y competían alzando la voz. Los Terminales secundaban con sus silencios paralelos. En la cúspide de la iglesia la cruz y la veleta asistían estáticas.

Las campanas acabaron con la tertulia y la asistencia arrastró los pasos al ritmo de la liturgia.

Leni y el Terminal ocuparon un sitio al frente, en el banco de las viudas. Las redes y mantitas negras uniformaban el techo de las cabezas. Sobre estas, la mortecina luz coladas por los vitraux suspendía del espacio haces violáceos, coagulados y negruzcos.

El oficio religioso comenzó con las fórmulas conocidas, pero el pastor no tuvo una tarde iluminada y confundió varias veces la estructura de las oraciones. Parecía, por momentos un disco pasado al revés. Esto distrajo al Terminal quien descubrió como el sacerdote miraba insistentemente de soslayo una imagen del Cristo. Era una figura desgarbada clavada a una cruz y crispada de manchones sanguinolentos. Recordó las motas de cocido sobre el hule. Oteó por la mirilla del ojo izquierdo los gestos de Leni. Parecía no percatarse del yerro del orador. Ella repetía fraseos que rimaban rigidez con el engarzamiento sobre los dedos.

El Terminal viró los ojos lentamente para ajustar el prisma en la figura del Pastor. El hombre leía sin prestar atención a las páginas, transpiraba y una marea roja avanzaba por la piel dejando manchones borra vinos; la mano le temblaba

- En el nombre del Padre, del hijo…..

El sacerdote hablaba con voz trémula. Mientras se santiguaba los clavos de la cruz fueron saliendo uno en uno, disparados, en sentido de la puerta. El Terminal tiró atrás los ojos, esperando ilusoriamente poderlos instalar en la nuca para así saber a dónde fueron a parar los clavos. Volvió a pasar la mirada por el rabillo izquierdo, Leni sumaba su voz a un “Amén” seco. Tras ese cierre un desplome de material suelto lo llevó nuevamente a mirar adelante. La cruz se había caído al piso y estaba hecha polvos.

El sacerdote tiritaba gotas de hielo y la concurrencia cantaba

- El amor de Dios es maravilloso, el amor de Dios es maravilloso, el amor…

El Terminal miró hacia adelante, el Cristo sin cruz estaba suspendido en el aire, anteponiéndose a la columna que antes lo sostenía. La figurilla comenzó a inclinarse hacia el frente hasta quedar paralela al piso.

Los feligreses seguían en la cantinela “El amor de Dios es maravilloso, el amor…”. El cura había sido capturado por la estética de una foto instantánea.

El Cristo, con los brazos abiertos y las piernas pegadas, tomó propulsión y salió volando hacia la puerta, montado a las trazas de los cuatro clavos.


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