NOCHEVIEJA
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Enrique era amigo desde la niñez, primero como cabecilla de aquella panda de chiquillos que robábamos allozas por las caserías del Camino del Llano, mas tarde recitando versos ante las ventanas del Internado Teresiano de la ciudad andaluza donde nacimos y luego en Madrid, coincidiendo en tiempo y gustos más o menos literarios, que lo suyo eran los estudios de Farmacia en espera de heredar la ídem de su padre en pleno corazón ciudadano. Se le daba bien lo de ripiar y acercarse a las chavalas del bar de Filosofía allá en la Universitaria pero, las cosas del querer, en una escapada hacia el paraíso interior conoció a una moza, morena, ojos verdes, cuerpo mas bien relleno y lo más importante para él con un padre olivarero, que todo hay que decirlo. Llegó una nochebuena, cumplió con deberes amorosos y volvió rápido a los madriles por esos enfados nimios que se convierten en tragedia cuando intervienen las madres. Y a dar el coñazo en la tertulia, a llorar sus penas en público y a jurar y perjurar que todo acabó. Por entonces, nos llegó el soplo de un fin de año en el chalet del Alpino en Cotos, a pié del Peñalara y con chavalas aburridas en el horizonte. Convencimos a Enrique para que fuese avanzadilla de una expedición cansada del clásico guateque con tocadiscos y mama vigilante, con uvas que se atragantaban y sidra el gaitero como sustitutivo magnánimo del vino con gaseosa y rodajas de naranja llamado "cap", que aún no sé como lo bebíamos Cosas de la edad y la época.

Así que en vez de volver al paraíso interior a platicar con la moza de ojos verdes y carnes prietas, Enrique se vino hasta la sierra, primero e Navacerrada puerto que allí terminaba el funicular de Cercedilla y luego, hala, esquiando por la carretera ya con la anochecida poniendo miedos en las piernas, los cinco kilómetros hasta el chalet donde nos esperaban.

Enrique, aún pasados años nos lo recuerda con un gozo picaresco en su ya arrugado rostro y en esa rebotica pueblerina donde, ha tiempo heredada, nos reúne un par de veces al año a los supervivientes de aquel grupo pardillo, que tenía al Madrid de cuando entonces como centro de liberación de voluntades paternales y coto-cazadero de nórdicas perdidas en el Museo del Prado y chachas oliendo a zorruno en los merenderos del extraradio. También eso sí, se procuraba pasar curso , sin olvidar la acera de los pares de Serrano entre Goya y Lista las mañanas dominicales cuando no llegaba el bolsillo ni para un café en la cafetería California.

Bueno, en el chalet serrano del Alpino tuvimos jolgorio, cena cuasi opípara, uvas, castos deseos de añonuevo, una copita de champan francés obsequio de un padre con ganas de colocar al adefesio de su hija y a la madrugada, tímido amago de intercambio de literas, previo concierto sobre donde y con quienes. Sorpresas paternales, algún grito que otro y la solución obligada o sea que nos echaron: Vestirse, calzar los esquíes y vuelta hacia el puerto de Navacerrada, al vestíbulo de la estación del funicular ,que la pensión del tío de los Fernández Ochoa lleno total; en el albergue "Diego de Ordax" ni pensar despertar a Aurelio García. y así, en el primer tren vuelta a los madriles, con primeros de año sin una perra en el bolsillo, a oír las excelencias del guateque que nos perdimos y lo bien que besaba y acariciaba la dueña de la casa donde se celebró. Y así ocurrió este navitale o así me lo parece.


por Lopedesosa.

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