Este es el cuento que nos contaba mi madre el día de Navidad. Por eso sabemos dónde vive la prima Begoña.
Begoña pasó su infancia en uno de esos pueblos costeros del Norte, lleno de empinadas cuestas, de hierba recién segada, de vacas ramoneando y silencios rotos por las campanadas de una hermosa iglesia de piedra y verdín. Los críos del pueblo la trataban de rara porque nunca quiso compartir con ellos los juegos de playa y mar, menos Juan, que miraba con disimulo los labios suaves y carnosos de Begoña y sus ojos de color indefinido como el mar cuando anunciaba galerna.
Despertaba Begoña tanta admiración entre los hombres del pueblo como envidia en las mujeres. Su risa era tan contagiosa como la gripe. Todos deseaban a Begoña menos el hombre que le tocó en desgracia. Eduardo se aprovechó de su vitalidad y su herencia, pero nunca hizo cuentas de los dones que la naturaleza -o dios, quién sabe- le quisieron conceder a aquella mujer.
Begoña nunca se quejó de su mala suerte, y se comentaba en el pueblo que si era tan feliz se debía a aquellos paseos que daba al amanecer. Cuentan que bajaba andando por la carretera de la playa hasta el muelle, antes de que entraran los barcos a puerto con su cargamento de merluzas, atunes, centollos y bocartes, y desaparecía durante dos o tres horas sin dejar rastro. En uno de aquellos pequeños barcos de pesca faenaba Juan, su amigo de la infancia, el eterno enamorado de la prima Begoña, que soñaba con descubrir su secreto con tanta intensidad como odiaba a Eduardo, que no era hombre que la mereciera aquel que la dejaba tanto tiempo sola a merced de aquella mar embravecida que él tan bien conocía.
La mañana de Navidad, estando Begoña en la punta del muelle, Juan la observaba escondido entre las grandes piedras que había debajo del muro. Begoña bajó, como siempre, por uno de los huecos que las olas habían hecho en el muro de piedra hasta las rocas, que habían quedado al descubierto por la bajamar. Empezó a desnudarse. Ni en sus mejores sueños había imaginado Juan que existiera una criatura tan hermosa como ella.
Begoña se zambulló en el mar desapareciendo durante unos minutos que a Juan le parecieron horas, hasta que volvió a verla delante de una brillante y magnífica cola de pez. Estuvo nadando, saliendo y entrando del agua hasta que avistó a Juan, que había abandonado su escondrijo y la miraba estupefacto.
-¡Begoña, vuelve, la mar está muy mala, ni los barcos han podido salir a pescar! -le gritó Juan desde las rocas.
-¡Más peligros corro yo en tierra! -le contestó Begoña con su eterna sonrisa-. Mucho tardaste en descubrirme, Juan. Vamos, tírate al agua y te llevo conmigo. En el fondo no hay peligro ni tormentas. ¡Vente conmigo, Juan!
Cuentan los marineros del pueblo que a veces dos delfines acompañan a los barcos pesqueros y los sacan de las tormentas, y todos se conmueven con la pena de Eduardo, que desde aquella Navidad baja todos los días hasta el muelle a otear el horizonte en busca de la prima Begoña, la sirena que le robó el corazón.
por zinnia.
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