Albaroth
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Tuvo suerte. Cuando apretó el timbre sobre el mostrador las cortinas se agitaron y salió una especie de hurí oriental sonriéndole tras su sombra de ojos y acariciándole con sus pestañas.

- ¿Qué puedo hacer por usted? - dijo.

Se le ocurrieron varias posibilidades en un segundo pero todas pasaron en el mismo segundo en que recordó que estaba casado y tenía dos hijos y no iba a echarlo todo por la borda por una bruja cualquiera.

- Busco lo imposible - dijo paseando su vista por las cajas.

- Ha llegado al lugar adecuado... Siempre que pueda pagarlo - sonrió la mujer.

- Diría que tengo la sangre en buen estado. Y mi alma inmortal está disponible.

La mujer rió.

- No, se lo agradezco, pero con euros contantes y sonantes estamos más que satisfechos. Ahora... defina imposible.

- No sé... ¿Qué tal un poco de espíritu navideño? -. Fue cuando él abrió los brazos con algo de entusiasmo y "Reliquia. Dedo enhiesto de San Juan Nepomuceno" cayó al suelo haciendo tambalear peligrosamente "Cruces de Caravaca bendecidas y firmadas", y "Rosa de Jericó. La Autentica, momificada."

- Disculpe.

- No se preocupe. Si hubieran sido esas de ahí SI tendríamos problemas.

La mujer señalaba una alta hilera de cajetines de madera apilados unos sobre otros hasta formar una torre. Los letreritos amarillos sobre ellos se escribían a sí mismos, una y otra vez, con caracteres ininteligibles.

- Bien. Creo que tengo algo de lo que busca en la rebotica. Sígame.

- ¿Es seguro? - dijo él con cierta aprensión.

- Oh, sí, hoy es completamente seguro.

No quiso preguntar como era otros días. Siguió a la mujer y traspusieron la cortina multicolor hasta llegar a un pequeño despachito rodeado también de cajones y cajas de madera hasta el techo.

- Siéntese.

La mujer hizo lo mismo tras la mesa y comenzó a rebuscar entre los cajones del escritorio. No duró mucho.

- Aquí está. Espíritu de las navidades - sonrió con cierto triunfo mientras sostenía una pequeña cajita dorada en su mano diestra.

- ¿Pasadas, presentes, futuras? - preguntó él.


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