Albaroth
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- Da lo mismo. Unas gotas de este frasco detrás de las orejas y usted y cualquiera que lo acompañe en estas fechas podrán sentir el espiritu de la navidad como cuando eran niños queridos y amados junto a la chimenea, cuando miraban el fuego en silencio, sonriendo.

- Nunca tuvimos chimenea...

- Mejor. Ahora podrá saber lo que se siente.

Tomó el frasco dudando aún y lo miró al trasluz. Contenía un líquido rojizo en el que flotaban hilillos dorados y plateados. Con sólo mirarlo supo que tenía que ser suyo.

- ¿Cuánto le debo?

- La voluntad.

Dejó el frasco en la mesa, se levantó y la miró desde arriba a sus ojos imposibles.

- ¿Me dijo que no querían sangre ni almas ni nada de eso y ahora me pide mi voluntad? - Estaba indignado.

- No me refiero a hacerle un zombi, ya tenemos. Me refiero a que pague lo que crea conveniente.

Se tranquilizó y se llamó estúpido mentalmente.

- No sé... ¿Le parece bien 120 euros? Sólo tengo eso en efectivo.

- Es suyo - susurró la mujer.

Antes de salir miró una vez más el interior de la tienda, intentando así atraparla en su recuerdo, seguro de que mañana no estaría allí y sólo encontraría un callejón y orines de gato helado. Abrió el frasco de las esencias y aplicó dos gotitas del mismo bajo sus orejas. Luego tiró de la puerta y salió al mundo blanco y frío de afuera. Sonreía.

- ¡Feliz navidad! - dijo al hombrecillo disfrazado de la entrada. - ¡Feliz Navidad! - respondió Papa Noel agitando su campanilla.

Caminó hasta su coche y lo llevó al centro. Recogió los regalos encargados haciendo una enorme cola de dos horas en la que todos sus integrantes cercanos le sonrieron y hablaron de sus hijos, de sus nietos, y de cómo pasarían la noche de navidad jugando al parchis como nunca habían jugado con familiares lejanos que hoy encontraban de nuevo bajo el árbol, en el calor del hogar. Supo de las vidas de aquellas gentes desconocidas y compartió también la suya en la larga y lenta cola hasta la cajas. Sin pensar en nada más que en las caras de sus hijos en la cena, cuando se fueran a la cama, cuando por fin consiguieran dormirse en un largo sueño de felicidad y abrieran los regalos a la mañana siguiente.

Aquella noche, con todos dormidos ya en sus camas, él se quedó un rato más, saboreando un coñac en la penumbra apenas iluminada por las luces del árbol. Pensó en el Carlos de su infancia, el niño al que cerró la boca de un guantazo, y en todos los Carlos del mundo que ahogaban las ilusiones de los niños cándidos.

Levantó la copa y brindó por todos ellos, pensando:

- Que os den.

© JMLarumbe, 2007


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