LA LUNA DE DON RAIMUNDO
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Fuera de estas burlas de las que no parecía percatarse, para poco más podíamos contar con don Raimundo, pues voluntariamente se exilió en el rincón donde se situaba la percha de brazos sin que nadie recordase haberlo visto alguna vez en el bar compartiendo el café mañanero o las cervezas de la hora del aperitivo. Allí se hizo organismo arqueológico y construyó su inexpugnable virreinato al que, fuera de Gómez Roca y sus bromas, era difícil acceder. El tiempo y la tecnología se detuvieron en aquel rincón porque como dije, cuando a nosotros empezaron a hipnotizarnos las pantallas de ordenador a las que la fosforescencia verde de los textos y contabilidades convertía en acuarios negros con pececillos de neón, don Raimundo seguía dando uso a sus grises gomas de borrar tinta y al sacapuntas metálico de sobremesa, el aparato que llevaba funcionando un siglo y que continuaba impregnando el ambiente con la fragancia de cedro de su lápiz azul y rojo cada vez que lo afilaba.

A pesar de todo, la naturaleza triste de aquel hombre me resultaba llamativa por lo misteriosa y entendí que podía ser una de esas personalidades anodinas que luego, en su vida privada, despliegan una actividad interesante. Tal vez don Raimundo fuera un pintor excepcional al que la timidez obligara a esconder el mérito de su obra, o uno de esos escritores cuya muerte descubre en un cajón una novela genial, o siquiera practicara una filatelia meticulosa. El que nadie tuviera dato alguno de su vida fuera de la oficina multiplicaba tanto el misterio como las ganas de desvelarlo. Pero no fue, como dije al principio hasta el 24 de diciembre de 1991 cuando una serie de circunstancias favorables me permitieron acercarme a él.

Sería prolijo explicar el qué hacíamos todavía ambos en la oficina a las nueve y pico de la noche en vez de estar cada uno en su casa con su familia. Diré que concluíamos unos balances, una tarea que en principio sólo a mí correspondía pero para la que don Raimundo se había ofrecido a ayudarme. "Mire, García", me dijo, "estar aquí con usted no me causa disturbio alguno. Total, nadie me espera esta noche". Agradecí su ayuda, claro, pero constatando a la vez algo impensable apenas un año antes. Con dolor tuve que admitirlo: "A mí tampoco, don Raimundo". Fue así, sin sospecharlo, como se me presentó la oportunidad de poder intimar con aquel hombre al que iba cobrando afecto a medida que imaginaba para él, como antes dije, una existencia incluso admirable.

Cuando terminamos el trabajo, cerca ya de las once, y sin esperar a que don Raimundo concluyera su despedida, me ofrecí a acercarlo a su casa en mi coche. Le convenció la imposibilidad de encontrar a aquella hora un taxi a lo que se añadía una nevada que haría peligrosa y agotadora la caminata que parecía estar dispuesto a emprender. Al final, sentado a mi derecha, imperturbable mientras yo me refregaba las manos y resoplaba de frío esperando que el interior del coche se calentara, pensé en Gómez Roca que a esa hora celebraría el rito anual de la cena familiar, el Gómez Roca que manejaba la teoría de que la tristeza de don Raimundo era un mal contagioso y del que por tanto había que alejarse. ¿Se creería que en ese momento éramos compañeros de soledad, don Raimundo con su viejo maletín entre las piernas y yo, que proyectaba meterme en la cama y taparme la cabeza en cuanto llegara a casa?


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