LA LUNA DE DON RAIMUNDO
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En el camino, don Raimundo quiso pagar con confidencias mi favor, y así, mientras cruzábamos las calles desiertas a las que la iluminación navideña hacía más solitarias aún, respondió a mis preguntas después de haber yo allanado el terreno con pueriles comentarios sobre la noche de perros que teníamos encima.

-¿Familia? No, no. Vivo solo. Antes, y después de morir mis padres, compartí la vivienda con una hermana soltera, pero ella murió el año pasado.

Con este resultado tremendo por respuesta quise arreglar la indiscreción de la pregunta, pero sólo conseguí aturrullarme en excusas que don Raimundo interrumpió agitando la mano.

-No se preocupe, García. Así son las cosas, mi sino. Siento haberle decepcionado porque supongo que usted, como otros antes, había imaginado para mí una existencia fabulosa, ¿verdad? Pues no. No hay más cera que la que arde, querido amigo. Vivo con tres gatos, y en ellos y con la ayuda del tiempo he sabido encontrar refugio a mi tristeza congénita y también a mi escepticismo.

-Bueno, yo creí que...

-No, no crea nada García. Por otra parte, siempre fui así. Es una enfermedad de nacimiento y, tal como supone Gómez Roca, contagiosa, ¿o es que cree que no estoy al tanto de sus comentarios en voz baja y de sus risitas? Le cuento una anécdota aprovechando estas fechas... ¿sabe lo que le pedí a los Reyes Magos de regalo cuando apenas tenía siete u ocho años? Un paraguas. Un paraguas negro. Por si llovía. Ya ve.

Por mi parte quise excusar a aquel bocazas de Gómez Roca pues yo mismo había participado algunas veces en aquellos conciábulos donde se proponían nuevos motes para don Raimundo o se le adjudicaba el protagonismo de extravagantes leyendas.


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