LA LUNA DE DON RAIMUNDO
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-Mire, García, no quiero que se sienta obligado hacia mí; es más, usted es joven y a pesar de la desagradable situación que vive y de la que estoy informado, le aseguro que a la larga, el contacto con personas como yo puede perjudicarle. No alivio soledades y menos en una noche tan señalada como ésta.
-Pero bueno, don Raimundo -protesté -me habla en unos términos que parecen una colección de supersticiones. Puedo asegurarle que entre los compañeros de la oficina se le tiene en gran estima a pesar de ese desapego voluntario que mantiene; pero de la misma manera le aseguro también que en ese papel de gafe con que usted se empeña en verse no se lo adjudica nadie.
-Lo agradezco, no crea. Pero imagino que a ello habrá ayudado mi retiro a aquel rincón donde sigo con mis rotulitos y mis garambainas inútiles. Fuera de ello, créame, no existe nada. Mi vida es la oficina porque todo lo demás es terrible. Verá cómo lo entiende con un simple ejemplo: tuve una novia, claro que sí. Durante un paseo con ella por un parque, y tal como hacen los enamorados, grabé en un tronco un corazón atravesado por una flecha. Sobre él puse las iniciales de Matilde, así se llamaba. Debajo escribí las mías. Salió huyendo de inmediato. No sé si sabe que mi nombre completo es Raimundo Izquierdo Peñas. Comprenderá que con unas iniciales como las mías, el amor me está velado. Imagine el resto.
No encontré qué responder a aquello del corazón, así que conduje en silencio, empezando a sentir que la tristeza de todo lo que contaba aquel hombre me iba anegando como un aceite negro. Al final Gómez Roca iba a tener razón con su teoría del contagio. Don Raimundo pareció leer mis pensamientos:
-Por eso me va a permitir que no le invite a subir a mi casa, a tomar una copa como sería lo natural. Créame, García; ese don Raimundo para el que fuera de la oficina usted imagina una vida completamente distinta, no existe. Ese don Raimundo es una esfinge sin enigma. Así que hágame caso, déjeme allí, donde está el buzón de correos y continúe hasta su domicilio.
Así lo hice. Detuve el coche, don Raimundo se despidió cortésmente estrechándome la mano y alzando levemente su sombrero lúgubre.
-Ya le digo, siempre fue así. Como cualquier adolescente, al menos de los de mi época, tuve algunos escarceos poéticos. Dediqué versos a varias muchachas, entre ellas a Matilde, al otoño o a las gaviotas. También a la luna, no faltaba más. Pero cuando vi las primeras imágenes de la Luna, de la Luna de verdad, la que pisaron aquellos astronautas, no a la que yo hacía versos, se me quitaron las ganas de continuar con la poesía....
Se bajó no sin antes hacer un último comentario antes de cerrar la puerta:
-...Y es que García, yo lo veo así, la luna no es más que una piedra aburrida. Eternamente aburrida y triste.
Sin imaginarlo, aquella fue la última vez que hablé con don Raimundo; pero sin imaginarlo tampoco, aquella conversación marcó una impronta de la que desde entonces no he sabido desprenderme. Al llegar a mi casa, limpio el cielo navideño tras la nevada, la luna que miré acompañando a las estrellas fue ya para siempre una piedra aburrida. Y triste.
F I N
Sap. 21/12/07
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