Navytale.- Mamen
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Tras unos segundos de indecisión se levanta para interesarse por los platos y traerlos ella misma, mientras se seca una lágrima con el dorso de la mano.
-Nunca quise a nadie más -confiesa entrecortadamente tras unos minutos de silencio-. Sabía que volvía siempre por Navidad a ver a su padre, y yo me dedicaba, como una tonta, a pasar una y otra vez por su puerta, con el coche, por si lograba verlo y hacerme la encontradiza.
-No es ningún secreto, lo sabe todo el mundo. Nunca guardaste discreción en eso -intento distender el triste asunto con una sonrisa.
-¿Quién te lo ha contado?
-Mi suegra, mi cuñada..., la gente que tengo aquí y a los que vengo a ver en cada viaje.
-Es verdad -sonríe también-, nunca me preocupé por ocultarlo.
Insisto en compartir el cordero; es demasiado para una cena, y acepta. El vino acaba y finalizan los postres. No le acepto una copa porque no creo que el aturdimiento sea el remedio a la tristeza. Sigue la charla ante el humo de nuestros cigarrillos. Decide, casi de repente, que estas fiestas volverá a Tudela.
-Ahora no tengo el menor interés en pasarlas aquí otro año. Son fiestas para buscar algo de calor amigo.
-Pero supongo que, precisamente en estas fiestas, será cuando mejor te irá el negocio ¿no?
-Me sobra el dinero, y ahora no sé qué hacer con él.
Sobre la mesa acaricio su mano, pecosa y blanca. No puedo, no sé consolarla, no tengo nada que pueda aliviar su dolor. El local se ha ido llenando de bulliciosos clientes, dichosos poseedores de una reserva previa. No me deja pagar. Me pongo la parka y la bufanda y me acompaña hasta la calle, en mangas de camisa, para despedirme. Nos abrazamos largo rato con todas las fuerzas que nos permiten nuestros brazos, mientras acaricio su nuca de blanco pelo y ella me deja una lágrima en el pecho.
El frío es horrible a pesar de que las estrellas parezcan arder en el cielo.
O'F, 2007
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