Para M.M. y demás amigos recalcitrantemente ateos, un cuentuzco de Navidad.
De la probable imprescindibilidad del ateísmo.
La Catedral de San Isidro es tan majestuosa como cualquier otra siendo posible que los grados de admiración dependan más de la fe que del buen gusto del constructor del templo. En mi caso suelo sentarme a admirarla desde la plaza del reloj de sol o de dejarme estar es su interior contemplando sus columnas, su bóveda, sus coloridos vitrales que juegan sus colores sobre los rayos del sol. Entonces indefectiblemente, cuando advierto la atracción que sobre mi ejercen el altar mayor, sus imágenes, símbolos y fulguraciones, queriendo desechar la más mínima creencia sobre la existencia de Dios, atribuyo mi encantamiento a una mera atracción estética o arquitectónica. Justamente el tema de la existencia de Dios y la persistencia de mis dudas religiosas, forman parte de lo que quiero narrar.
Empezaré a partir de la fecha en que mi abuelo, un madrileño monárquico y ultramontano, ingresó al país luego que los liberales de España, allá por 1850, forzaran la estampida de los monárquicos. El abuelo, establecido con una tienda llamada "Au bon Marché", pasó por épocas de bonanza económica al tiempo que su vida familiar fue cediendo bajo el peso de las discrepancias religiosas con su esposa, una vasca francesa agnóstica hasta la médula. Así las cosas, al compás de las rencillas conyugales, por oscuras razones y no más claras rivalidades, dos de los hijos siguieron la fe paterna y el restante renegó de ella. Ese fue mi padre quien, como queriendo continuar aquellas desavenencias, se casó con mi madre, una católica de misa diaria. Yo, diplomático, sosegado y sobre todo escarmentado, me mantengo soltero y expectante; un grado menos que agnóstico.
Así llegamos a la Nochebuena del año pasado. Ese día, es decir aquella noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral tratando de ocultar mi soledad, no porque la soledad me molestara tras cuarenta años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar lo más apartado posible.
Inusitadamente di en pensar que acaso en fecha tan emblemática pudiera dárseme algún signo que demostrara la inexistencia de Dios, ratificando mi indiferencia religiosa.
La gente estaba recogida en sus hogares según tradiciones que hasta entonces me fueron indiferentes y la noche avanzaba con pies de gato sobre el lustroso gris del empedrado en tanto yo la seguía por la avenida del Libertador hasta que, girando alrededor del frente del templo, encaré la calle que gira sobre sí misma al llegar a la sinuosa escalera por la que se desciende a la ribera.
ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO
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