ALREDEDOR DE LA CATEDRAL DE SAN ISIDRO
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Al llegar a la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson topé con la espalda de un hombre que apenas se distinguía a la sombra de la arboleda. Por un momento pensé en volver sobre mis pasos considerando la presencia humana como un contratiempo que alteraba mi voluntad de diluirme en la naturaleza, de convertirme en alerta y atenta partícula cósmica, en procura de la ocurrencia de acontecimientos fuera de lo común.
El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertir de mi presencia a aquél que se estaba quieto y silencioso bajo un manto de sombras que oscilaban al arbitrio del viento. Cuando el hombre giró su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de no sé qué intervención, a la edad de veintidós años tomó los hábitos dejando atrás un breve pero intenso pasado colmado de niñas y rumores pueblerinos.
-Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que estás en espera de alguna damisela en trance de confesar sus pecados... o de acrecentarlos- le dije, a favor de la confianza que mantenemos.
Al reconocerme, Esteban sonrió.
No espero a ninguna damisela sino algún signo que fortalezca mi fe- respondió.
Por parecidas razones estoy yo; tú esperas algo que refuerce tu fe, yo algo que confirme mi descreimiento.
En ese momento Esteban, o el padre Esteban, si lo prefieren, despidiéndose abruptamente, se encaminó hacia la Catedral. Pasaron semanas; ayer, una amiga, a quien conociera en la provincia de Córdoba donde suelo pasar los veranos, mujer de enhiesta fe, me contó que en Buenos Aires, a la que viniera con motivo del bautismo de un nieto, conoció a un joven sacerdote quien le narró que el año pasado dudando de su fe, reclamó al Señor algún signo que fortaleciera sus convicciones; concreta y circunstanciadamente, pidió que en esa Nochebuena alguna persona se le acercara diciendo haber concurrido esperando un signo que convalidara su descreimiento. Según la mujer el togado manifestó que su pedido había sido satisfecho, con lo que su fe se templó.
Mi amiga no recordaba el nombre del sacerdote, ni la sede de su Iglesia. Por mi parte, meditando sobre el caso y dando por cierto que el sacerdote no era otro que el padre Esteban, advertí lo insólito que resultó que mi descreída presencia sirviera para fortalecer una fe, siendo que yo carezco de ella. Lo que demostraría tanto la imprescindibilidad del ateísmo para la feliz existencia del Cristianismo cuanto, acaso, la discreción y el sigilo con que se manifiesta el Señor.
por Pacoz.
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