P.S. Mi papá murió hace más de 30 años. Poco tiempo después de su partida, mientras arreglaba sus papeles, encontré una cajita de zapatos muy pequeña. Contenía los primeros zapatitos de bebé míos y una colección de cartitas que comenzaban "Señores Reyes Magos" algunas escritas con la letra de mi padre y otras con la despatarrada letra de mis inicios en la escritura
Yo, que he sido escéptica en muchísimos aspectos, jamás he dudado, ni dudo, de la existencia de los Reyes Magos.
Nadie podrá nunca convencerme de que eran mis padres los que, furtivamente y en un acto absolutamente carente de sentido, depositaron durante mi infancia, los regalos en los zapatos colocados a tal efecto en la ventana de mi cuarto. No obstante, debo reconocer que dichos regalos no siempre se ajustaron a las peticiones claras y precisas formuladas mediante un documento tan fehaciente como una carta.
Los espíritus proclives a corroborar, a lo largo de los siglos, que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos, jamás podrán hacer mella en la convicción profunda de la existencia de dichos Monarcas, adquirida en interminables noches del cinco al seis de enero, mediante la clara percepción de las pisadas parsimoniosas de los camellos, sobre las chapas de zinc del techo de la casa de mi infancia.
Suele aducirse, vanamente, que esas presuntas pisadas no eran otra cosa que las corridas amorosas de los gatos atorrantes. Pero todo chico bien nacido sabe diferenciar claramente esos románticos entreveros oídos durante trescientas sesenta y cuatro noches, año tras año, del inconfundible y majestuoso paso de un camello escuchado - únicamente- en esa especial noche trescientos sesenta y cinco.
Eso para no mencionar, por resultar demasiado burda y evidente, la desaparición del pasto y el agua dejados para aplacar el hambre y la sed de unos animales que, en el breve lapso de una noche, deben recorrer el planeta y, por lo tanto, reponer las energías gastadas en tan enorme esfuerzo. Ni siquiera el espíritu más obtuso podría imaginarse a un gato enamorado comiendo pasto y, mucho menos, a unos padres sigilosos y apresurados ingiriendo, rápida y silenciosamente, semejante clase de vituallas.
VINDICACIÓN DE LOS REYES MAGOS
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