VINDICACIÓN DE LOS REYES MAGOS
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Además, tengo para mí que la entrega de un regalo visible, concreto, contante y sonante, sólo envilece el hecho de recibir un regalo mágico. ¿Por qué ese afán miserable y materialista de esperar que estos Magos venidos de tan lejos nos dejen un regalo que cualquier "chitrulo" puede comprar, pongamos por caso, en la juguetería de la otra cuadra?. Creo yo que la invisibilidad del regalo no es sinónimo de su ausencia. En primer lugar, ejercita nuestro espíritu para ver con los ojos del alma y no con los de la cara, los dones que recibimos y, en segundo término, permite suspender nuestra incredulidad, como diría Coleridge, y contemplar, temblorosos y azorados, ese regalo que sólo en nuestros sueños más altos nos hemos permitido imaginar.

En estos tiempos en que cualquier pelafustán regala por televisión automóviles carísimos o miles de dólares, a cambio de nuestra dignidad, la prodigiosa sabiduría de estos viejos Reyes consiste en no dejar como regalo algo que tenga un precio en el mercado. Ellos dejan lo del mercado para los mercaderes: no puede uno olvidar en estos casos que el verdadero regalo es la certeza perdurable de que los Reyes Magos existen y pasan y seguirán pasando, inexorablemente, entre el cinco y seis de enero, mientras haya seres que podrán no creer en la infalibilidad de las computadoras, pero que jamás pondrán en duda la existencia de entidades tan generosas y perseverantes que, a pesar de dos mil años de escepticismos, descubrimientos científicos y sofisticadas tecnologías, emprenden cada año la titánica tarea de circundar el mundo y dejar encendida a su paso la inextinguible estela de la ilusión a cambio solamente de un tazón con agua y una leve inquietud en el corazón.

Y si queremos milagros de esos que puedan ser refrendados por la ciencia, sería bueno recordar que para alumbrar el camino de estos Reyes hacia un pobre pesebre de Belén, en algún lugar remoto de este universo infinito, una desconocida estrella debió empezar a arder millones de años antes de que los Reyes y el pesebre mismo, existieran. A mí me basta.

Jorgelina ESQUIUS

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