EL REGALO
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Quien dice que la felicidad no existe es porque no ha visto a Pepito desguazando libracos de acá pallá. La cosa era buscar alguna letra, algún dibujo, alguna palabro. "¡Mas hasta entonces... NADA!" dijo el rey vago. Y así era un ejercicio vano perder el tiempo en no más abrir y cerrar, y cada día eran más volúmenes y más frecuentes y más numerosos y continuos los envíos que la jornada toda en un lugar de la macha de cuyo nombre no puedo acordarme el tiempo en dedicarse en apilar aquellos trastos inútiles en el fondo de aquella su biblioteca sin fondo ni memoria... arfff arfff. ¡Qué bueno es respirar y rima con apilar!
Pepito creció porque no queda más que crecer o espicharla, le guste a uno o no que de fijo no le gusta ninguna de las ambas "alternativas de desgobierno" pero y qué, ajo y agua y esto ya es en sí mesmo una enseñanza para la vida toda posterior. Creció Pepito amarrado a sus libros de ceniza que ya apenas abría y creció meditaerrabuendo y como si creciera mirando pabajo y al centro de sus pieses. Viaje al fondo de mí Mismo. "Vamos a ver hasta dónde puedo llegar", se dijo un día: salío de casa, dio una vuelta a la manzana y regresó a toda prisa con un susto tremendo en el cuerpo. Sus innumerables no lecturas no le había no preparado para la vida, que estaba allí, tras la puerta, agapazapada fuera como una fiera del bosque. Acechándolo.
Hizo sus incursiones y cierta vez, a los veintipocos años, llegó hasta un extraño recinto plagado de libros. Sintió una conmiseración infinita por el dueño de aquella li.. li.. libreretería. "Hete aquí un hermano -de fijo." Habría allí unos cinco mil volúmenes lo que era, así por lo redondo -¡que los narradores somos de letras!-, el unmillésimodetrillón de parte de los fondos de la biblioteca de Jota Pi. O sea, que nada en comparación porque se ve que aquel niño habría tenido la ocurrencia hacía bastante poco tiempo. En fin resultose que Jota tomó uno de aquellos libros y ante su espantada sorpresa aquel volumen no se encenizó en cuanto lo abrieron de tapas, si no antes bien que resultó estar plagado de unas cosas chiquitas y redondas como pintarrajeadas con tinta negra. ¡Qué asco! Sintió repulsión inmediata y dejó caer aquel bichejo, que se arañó la parte más interesante de sus tapas blandas quedando inservible ya, y para siempre, para una cata rápida.
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