EL REGALO
Textos · Eventos · 0.0

En su encierro y sus interminables jornadas arrastrando libros y más libros hueros, inútiles, inservibles, Jota Pi había olvidado por completo la lectura, la escritura, el abecediario, el a i ou e y hasta su nombre. Nada sabía ya del mundo. Aquel encuentro con li..li le había hecho odiar todavía más -que no sabemos si esto era posible-, su ocurrencia de los diez años. Odiaba también a "la gente". Y odiaba esta horrible palabra, "gente". Los odiaba sobre todo porque eran unos malditos gandules e incapaces, unos completos inútiles que allí estaban, no escribiendo puñeteros libros que él tenía que recibir en su casa y arrastrar por sus propios medios hasta lo recóndito de su bliblioteca. "Usted mismo... ¿qué hace que no está escribiendo? ¡Ve! ¡¡¡Ve como es odioso!!! ¡No se me acerque!"

Así era la dura vida de un moderno Conde de Montecristo hasta que una buena ñamana de invierno, a sus cuarenta y tres años, cuando gozaba de una salud lamentable que estaba hecho un primor, Jota se dijo que por qué demonios había estado tirando de libros todos aquellos malditos años. Se había dejado la juventud y las dióptrías y ectéra y si acaso aquella primera felicidad de la ceniza de antaño, "¿hónde queda ya... alguien sabría decírmelo?. Todo es mecánica. Es un eterno repetir gestos. Pasear los ojos. Círculos. Cansancio. "

"Se acabó", se dijo.

Ese mismo día Jota Pi dejó de arrastrar sus libros hasta la biblioteca sin fondo y sin memoria.

Como era una decisión firme y como Jota andaba fatal de las arterias, ese día cayó enfermo, agonizó tres interminables minutos y murió. ¡Se murió allí mismo, oigan!

En su postrer delirio aún pudo arrastrase hasta su biblioteca, caminó unos pasos tembloroso y exhausto. Nadie supo jamás por qué le faltaba el aliento etcétera. Se derrumbó sobre una pila de libros de cuadadísima encuadarnación. Su caída fue liviana y sin estrépito, cual la del tronco que nadie escucha caer en la profundidad del bosque, su mano derecha dio una palmada sola y al golpear contra el suelo, con la levedad del aleteo de un colibrí cojo, desplazó la cubierta de uno de los libros.

Jota Pi no pudo ver cómo aquel libro permanecía en su sitio a pesar de haber sido abierto por su mano. Tampoco pudo leer la única frase que contenía la única página de aquel manunoescrito:














































































"¡Tonto el que lo lea!"

Y fin.

X.....................ppppp
Comentarios
No se han Publicado Comentarios.
Publicar Comentario
Inicia Sesión para Publicar un Comentario.