Manicomio
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Dentro del remolino,
en la cúspide de la tormenta
de un mar enamorado
se esconde el secreto
artificial de mi locura.

No existen las hadas,
ni estrellas,
ni astros,
ni luz...
Invisible
dibujo la salida
del inútil laberinto.

Parece que llega la calma:
mi cerebro no quiere dormir.

Despacio
el ejército de neuronas indecisas
consuman de una vez el sacrificio.
Mi cuerpo desnudo absorbe el agua fría
como sed de interminable sufrimiento.

¿Dónde estás?

He gritado tu nombre en el ocaso,
el final de un sueño antiguo
de veleros y de anclas,
tiburones vestidos con tu ropa,
caricias de coral
y espuma mezclada con el fuego:
la imagen
-transparente a la memoria-
secuestra tu presencia del olvido.

He gritado tu nombre
en la honda esclavitud de mi pasado.

Las hadas construyen espejos
con sombras de estrellas brillantes,
más allá del infinito
los astros devoran la luz.
Ciego de amor
destruyo la entrada
del palacio ancestral.

¿Puedes verme?
No pintes de blanco tus sueños
ni grites mi nombre
ni duermas
ni nada
ni todo
ni adiós.

En el fondo del mar
-una vez alejado el remolino
y concluída la tormenta-
se escucha el silencio
fantasmal de mi cordura.

Y otra vez la descarga,
y otra vez la manguera,
y otra vez el dolor.

Soy libre.
Pronuncio mil veces tu nombre
-arquitectura de una celda simulada-
y moldeo pajaritas de papel
que se estrellan bajo el brillo de tus ojos
mientras débilmente tarareo una canción.

Renace la angustia:
mi cerebro comienza a soñar.


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Eósforo, Amadis II - Poesia - Obra N. 14

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