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No lo sabía entonces pero al final, ahora que ya hay final y mi padre ha desaparecido, el único recuerdo bueno que guardo de mi padre aconteció durante las navidades previas a mi sexto cumpleaños. Tampoco lo sabía entonces pero ese suceso que ahora relataré estuvo siempre presente cuando pensaba en mi padre. Al comienzo como un suelo fijo y sólido desde donde, como todos los niños, levanté el ninot de el padre. Hasta el verano de los diez años. Y luego se quedó enterrado en la memoria, no muy profundamente, ya que accedía a él cuando trataba de entender el comportamiento de mi padre con ojos de niña grande, cuando me procuraba relatar a otros, a pocos, lo que era tener un padre alcohólico, un padre débil y un padre con cáncer incurable en su autoestima. Ni siquiera perdió fuerza como tal. Dejó un día de ser el contrapeso de su carácter y se quedó fosilizado como el único buen recuerdo. Sellado en una pelota de resina mate cada vez menos pegajosa, en medio de un millar de recuerdos amargos.
Los tiempos de reflexión sobre el ser, el deber ser, la felicidad, el todo o la nada llevan muchos años de capa caída. Poco, y a pocos, interesan ya estos temas y mucho debería hacerlo no solo por el bien común, sino sobre todo, por el propio. El “tiempo”, dicen, es oro, quizás el único tesoro ilusorio que disponemos todos los seres vivos sin discriminación. Pero el tiempo sin comprensión, sin reflexión, es ceguera y borreguismo. Existencia sí, pero sin pena ni gloria.


la lectura como búsqueda, la escritura, como acto de amor