Américo y yo estábamos sentados en la terraza del Café Latino, en el cas co viejo de Orense. La tarde de julio se deslizaba cálida y silente, en medio de un ambiente de modorra.
Conversábamos despacio, repasando los años vividos, evocando anécdotas de los viejos amigos, muchos de ellos desaparecidos para siempre. Ningu no de los dos poníamos empeño en nuestras evocaciones, y nuestras frases discurrían sin el hilo conductor de las conversaciones apasionadas, por- que la edad calma todas las vehemencias.
De pronto pasó una chica preciosa. Bien formada y de cara atrayente, li gerita de ropa como pedía la estación. Seguramente se dirigía al encuen tro de sus amigas, o de algún acompañante para pasar la tarde en el río.
Bienvenid@
El tiempo permanece amurallado en esta ciudad con nombres de colores, sombras acechantes de los que no fueron y pudieron ser, muros capaces de abrir o cerrar bocas y de imaginar rostros de seda ...
Últimos textos
El túnel
ya sé leer, navytales 2009
ya sé leer
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dedicado a María
No lo sabía entonces pero al final, ahora que ya hay final y mi padre ha desaparecido, el único recuerdo bueno que guardo de mi padre aconteció durante las navidades previas a mi sexto cumpleaños. Tampoco lo sabía entonces pero ese suceso que ahora relataré estuvo siempre presente cuando pensaba en mi padre. Al comienzo como un suelo fijo y sólido desde donde, como todos los niños, levanté el ninot de el padre. Hasta el verano de los diez años. Y luego se quedó enterrado en la memoria, no muy profundamente, ya que accedía a él cuando trataba de entender el comportamiento de mi padre con ojos de niña grande, cuando me procuraba relatar a otros, a pocos, lo que era tener un padre alcohólico, un padre débil y un padre con cáncer incurable en su autoestima. Ni siquiera perdió fuerza como tal. Dejó un día de ser el contrapeso de su carácter y se quedó fosilizado como el único buen recuerdo. Sellado en una pelota de resina mate cada vez menos pegajosa, en medio de un millar de recuerdos amargos.
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No lo sabía entonces pero al final, ahora que ya hay final y mi padre ha desaparecido, el único recuerdo bueno que guardo de mi padre aconteció durante las navidades previas a mi sexto cumpleaños. Tampoco lo sabía entonces pero ese suceso que ahora relataré estuvo siempre presente cuando pensaba en mi padre. Al comienzo como un suelo fijo y sólido desde donde, como todos los niños, levanté el ninot de el padre. Hasta el verano de los diez años. Y luego se quedó enterrado en la memoria, no muy profundamente, ya que accedía a él cuando trataba de entender el comportamiento de mi padre con ojos de niña grande, cuando me procuraba relatar a otros, a pocos, lo que era tener un padre alcohólico, un padre débil y un padre con cáncer incurable en su autoestima. Ni siquiera perdió fuerza como tal. Dejó un día de ser el contrapeso de su carácter y se quedó fosilizado como el único buen recuerdo. Sellado en una pelota de resina mate cada vez menos pegajosa, en medio de un millar de recuerdos amargos.
De los Hechos relativos a la dulce Afrodita
De los Hechos relativos a la dulce Afrodita
Está reputado que la divina Afrodita nació del caos entre la espuma agitada del mar. Y que su belleza surgió desnuda entre las olas. Unas historias dicen que navegó montada en el lomo de un calamar gigante. Éste cefalópodo se prestó gozoso para el transporte divino. Muchos fieles han deseado la suerte de esa sepia para así disfrutar del calor íntimo de la diosa aposentada sobre sus cuerpos hechos de carne mortal.
Está reputado que la divina Afrodita nació del caos entre la espuma agitada del mar. Y que su belleza surgió desnuda entre las olas. Unas historias dicen que navegó montada en el lomo de un calamar gigante. Éste cefalópodo se prestó gozoso para el transporte divino. Muchos fieles han deseado la suerte de esa sepia para así disfrutar del calor íntimo de la diosa aposentada sobre sus cuerpos hechos de carne mortal.
Noticias
Escritor, periodista y editor estadounidense, prestó servicios en el Ejército de la Unión durante la Guerra Civil, en la que fue herido de gravedad. Su primer cuento, «The Haunted Valley», fue publicado en 1871 en la revista Overland Monthly. En 1877 inauguró su famosa columna «Prattle» en el semanario Argonaut. En 1887 empezó a trabajar para los periódicos de William Randolph Hearst y su fructífera relación duró más de veinte años, período en el que su envenenada pluma combatió la impostura de políticos, predicadores, abogados, racistas, capitalistas, poetas, anarquistas e inescrupulosos de todo tipo. La prosa de Bierce —heredero literario de Poe, Melville y Hawthorne— se caracteriza por la lucidez y el cinismo y cierta fascinación por el horror y la muerte. Entre sus obras sobresalen Cuentos de soldados y civiles (1891), El monje y la hija del verdugo (1892) y El diccionario del diablo (1906). La muerte de Ambrose Bierce está rodeada de incertidumbre. A fines de 1913, a los 71 años, viajó a México, en plena Revolución, y en su última carta dice que va a trasladarse a Ojinaga, ciudad donde unos días después se libró una sangrienta batalla. Bierce escribió: «Debe de ser horrible morir entre sábanas; si Dios quiere, a mí no me ocurrirá».
Siguiendo la estela marcada por mi compañera Sarah con Algo alrededor de tu cuello, en lo que a autores de países desconocidos (literariamente hablando) se refiere, entre las novedades de este mes de Septiembre me han llamado la atención dos libros que provienen de escritores vietnamitas, y hoy os traigo el primero de ellos. Se trata de El barco, que vió la luz el pasado día tres publicado por Mondadori a un precio de 19,90 euros, y que ha sido escrito por Nam Le.


la lectura como búsqueda, la escritura, como acto de amor