Contaba mi madre de la Gaula rural en la que vivió su infancia, de aquellas noches de Ánimas –las del 1 al 2 de noviembre– en las cuales ahuecaban calabazas, ponían velas en su interior y las colocaban sobre muros o sobre postes en zonas oscuras de los caminos, que eran la mayoría, con la ingenua intención de asustar a viandantes ocasionales. Nada decía de la costumbre de ir la muchachada por las casas pidiendo a sus habitantes, acaso porque ya se había perdido en aquellos comienzos del siglo XX, como otras por la voraz emigración de la centuria anterior. Costumbre que había existido al menos desde el XVI si damos crédito a los intentos de suprimirla de un obispo mindoniense que le parecía fatal entre otras muchas razones porque recibian más obsequios los hijos de los ricos que aquellos de quienes estaban verdaderamente necesitados. Alguna cosa consiguió erradicar como las comilonas en honor de los muertos dentro de los templos parroquiales, que al ser los camposantos un anexo alrededor de las iglesias y dado la crudeza del clima durante ese carnaval de otoño no parece extraño que acabase por desplazarse el banquete de las tumbas al edificio cubierto más a mano.© Galaor
1- ‘La nave de un millón de años’, de Poul Anderson. Diez inmortales recorren la historia perseguidos por el oscurantismo y buscándose unos a otros hasta que coinciden en la época del despegue aeroespacial. Juntos deciden que el destino que les brinda su particular morfología es el de explorar el infinito del cosmos. Anderson, de origen escandinavo, es uno de los autores más destacados de la edad dorada de la fantasía y la ciencia ficción americana. Philip K. Dick le hizo protagonizar el relato ‘Araña de agua’.
A partir del 14 de enero en las librerías. Los Baldrich es un retrato agridulce de la España del último siglo que posee la maestría de las grandes sagas clásicas.
Dice Álvaro Pons que Arrugas, Premio Nacional de Cómic 2008, es una muestra de que la narrativa gráfica puede expresar sentimientos que otros medios no plasmarían. Y es cierto, siempre que el autor tenga un buen conocimiento de las posibilidades de su arte. Y Paco Roca lo demuestra en la composición de esta conmovedora historia, este diario en imágenes que documenta el agridulce desvanecerse que supone envejecer.

la lectura como búsqueda, la escritura, como acto de amor