Contaba mi madre de la Gaula rural en la que vivió su infancia, de aquellas noches de Ánimas –las del 1 al 2 de noviembre– en las cuales ahuecaban calabazas, ponían velas en su interior y las colocaban sobre muros o sobre postes en zonas oscuras de los caminos, que eran la mayoría, con la ingenua intención de asustar a viandantes ocasionales. Nada decía de la costumbre de ir la muchachada por las casas pidiendo a sus habitantes, acaso porque ya se había perdido en aquellos comienzos del siglo XX, como otras por la voraz emigración de la centuria anterior. Costumbre que había existido al menos desde el XVI si damos crédito a los intentos de suprimirla de un obispo mindoniense que le parecía fatal entre otras muchas razones porque recibian más obsequios los hijos de los ricos que aquellos de quienes estaban verdaderamente necesitados. Alguna cosa consiguió erradicar como las comilonas en honor de los muertos dentro de los templos parroquiales, que al ser los camposantos un anexo alrededor de las iglesias y dado la crudeza del clima durante ese carnaval de otoño no parece extraño que acabase por desplazarse el banquete de las tumbas al edificio cubierto más a mano.© Galaor




la lectura como búsqueda, la escritura, como acto de amor