La clave de humor tal que en estas fechas, no destila precisamente tiempos de bonanza para el personal de a pié. Pero de cuando en vez asoma la límpida visión de un escritor famoso que revolviendo en la pequeña y ficticia historia de una familia de terratenientes con ínfulas de grandeza que ya fué protagonista años ha de otra salida literaria.
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COMO UN ENANO
Los Anales de Gaula: Jalogüin o la cultura de plástico.
Contaba mi madre de la Gaula rural en la que vivió su infancia, de aquellas noches de Ánimas –las del 1 al 2 de noviembre– en las cuales ahuecaban calabazas, ponían velas en su interior y las colocaban sobre muros o sobre postes en zonas oscuras de los caminos, que eran la mayoría, con la ingenua intención de asustar a viandantes ocasionales. Nada decía de la costumbre de ir la muchachada por las casas pidiendo a sus habitantes, acaso porque ya se había perdido en aquellos comienzos del siglo XX, como otras por la voraz emigración de la centuria anterior. Costumbre que había existido al menos desde el XVI si damos crédito a los intentos de suprimirla de un obispo mindoniense que le parecía fatal entre otras muchas razones porque recibian más obsequios los hijos de los ricos que aquellos de quienes estaban verdaderamente necesitados. Alguna cosa consiguió erradicar como las comilonas en honor de los muertos dentro de los templos parroquiales, que al ser los camposantos un anexo alrededor de las iglesias y dado la crudeza del clima durante ese carnaval de otoño no parece extraño que acabase por desplazarse el banquete de las tumbas al edificio cubierto más a mano.© Galaor
jazminero otoñal
Puede que la bonanza, ese subidón de temperatura del finde cause despiste al enterado de todo. Puede que moleste a la santa la rebeca y que el jersey del paseo vespertino estorbe más de la cuenta. Pero sí. Estamos a fines de octubre y las hojas de árboles e hiedras empiezan a alfombrar de oro los suelos de calles y terrazas.
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